julio 20, 2026

El caramelo

Relato Breve escrito por mujeres

—Si abre la puerta, le paso un caramelo.

—No estoy secuestrada, creo.

—No, pero lleva doce minutos encerrada.

—¿Los ha contado?

—Trabajo aquí. Contamos cosas raras.

—Entonces también habrá contado las veces que he tosido.

—Dos.

—Tres.

—La tercera fue ya en el pasillo. Esa no cuenta para el público.

Se oyó el roce de un pañuelo. Después, una tos pequeña, contenida, que se rompió antes de salir.

—No quiero caramelos —dijo la mujer.

—Son de miel.

—Aunque sean de oro.

La otra dejó el caramelo sobre el lavabo. El envoltorio hizo un ruido metálico. En aquel lugar cualquier cosa sonaba demasiado. 

—El director también ha tosido una vez —dijo.

—No es verdad.

—Sí. Al principio.

—Pero él sabe cuándo.

—No creo que su tos tenga estudios.

Desde dentro le llegó algo parecido a una risa, pero se quedó a medio camino. 

—Usted se burla.

—Un poquito, nomás.

—Pues no tiene gracia.

—No mucha.

La mujer encerrada respiró hondo y apoyó las palmas en las dos paredes para levantarse del inodoro. Los azulejos brillaban tanto que hasta le daba apuro tocarlos. 

—Mi hija me dijo que no había que entender nada —explicó ella—. Que solo había que escuchar.

—Su hija tiene razón.

—Mi hija siempre tiene razón.

La otra mujer tardó un momento en contestar.

—Eso cansa —dijo al fin.

—No a ella.

—A los demás.

Hubo un silencio. Por debajo de la puerta se veían unos zapatos negros, bajos, con una mancha clara en la punta. Zapatos de alguien que venía a trabajar. No a un concierto.

—¿Usted trabaja aquí? —preguntó la mujer del cubículo.

—Hoy sí.

—¿Y otros días?

—Otros días, donde me llamen.

—Yo limpio oficinas.

Lo dijo de golpe, sin saber por qué, como si tuviera que entregar una credencial para poder seguir hablando.

—Ah.

—Baños también.

—Entonces este le parecerá bien.

—Este es fácil.

—¿Fácil?

—No tiene rincones. Lo caro casi nunca tiene rincones.

La trabajadora miró alrededor. Los lavabos blancos, las flores blancas, los espejos sin una huella.

—No lo había pensado nunca.

—Claro que no. 

La respuesta salió más dura de lo que quería. Se arrepintió enseguida, pero no pidió perdón.

A lo lejos empezó otra vez la música. Llegaba apagada, parecía que alguien la estuviera tocando bajo el agua.

—¿Ese es él? —preguntó la trabajadora.

—¿Quién?

—El pianista.

Dentro del cubículo se escuchó como la mujer volvía a acomodarse. El vestido rozó la puerta. 

—Sí.

—Toca bien.

—No puedo saberlo desde aquí.

—Ya, no puede. Pero si han puesto a tanta gente a callarse, supongo que algo hará.

Esta vez la mujer sí se rió fuerte, y del esfuerzo, volvió a toser. 

—Es alemán —dijo cuando pudo.

—Bueno.

—Muy alto.

—Eso ayuda con algunas estanterías.

—Y habla español mejor que yo.

—Eso no se lo creo.

—Dice “perdón” como si lo hubiera planchado.

La trabajadora sonrió. Se apoyó en el lavabo, cruzó los brazos.

—¿Y su hija?

La mujer tardó en responder.

—Mi hija es alta también. Guapa. Lista. De esas personas que entran en un sitio y parece que el sitio estaba esperándolas. Dice que se quieren. Ella le admira.

—Qué suerte.

—Sí —masculló entre dientes.  

La música parecía subir un poco por momentos, luego, volvió a quedarse en un hilo. 

—Me compró el vestido —dijo la mujer—. Por videollamada. Yo le enseñaba unos y ella decía: ese no, mamá; ese te apaga; ese te hace mayor; ese parece de boda. Al final eligió este. 

—¿De qué color?

—Azul.

—Le irá bien.

—No me ha visto.

—No hace falta.

La mujer bajó la voz.

—Me ha dicho dónde sentarme, cuándo entrar, cuándo no aplaudir. Me ha dicho que si me perdía mirara a los demás. Como cuando era chica y yo le decía que mirara el semáforo.

La trabajadora no se movió.

—De pequeña me daba la mano para cruzar —siguió la mujer—. Ahora me toca el codo para avisarme cuándo tengo que levantarme.

El baño quedó quieto. Y volvió ese silencio que se queda porque no encuentra dónde irse. 

—A lo mejor solo quiere cuidarla —dijo la trabajadora.

—Ya.

—No digo que no duela.

Dentro del cubículo sonó el papel higiénico. Una vuelta. Dos. Tres. Después la mujer habló tan bajo que la otra tuvo que acercarse un poco a la puerta.

—Cuando tosí, ella no me miró —dijo la mujer.

—¿No?

—Miró al suelo.

La trabajadora esperó. 

—Como si se le hubiera caído algo —dijo la mujer. 

La música terminó allá afuera. Hubo aplausos. Muchos. Ordenados al principio, después más vivos, como una lluvia que se decide. La mujer no salió.

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