July 13, 2026

La Virgi

Si alguien me hubiese dicho que terminaría encerrado en esta redacción, entre Emiliano —casado con una docena de donuts del Dunkin— y Petra —soltera por méritos propios y ajenos—, habría seguido corriendo maratones. Sí, incluso sabiendo que, en la curva del kilómetro diecisiete, los gemelos me harían huelga, mordisqueándome los muslos como dos perros flacos pidiendo oxígeno.

Nunca destaqué en el deporte. Ni en matemáticas, ni en química, ni en natación. El fútbol me provocaba jaqueca y la física, vértigo moral. Con esos dones y unos padres empeñados en tener un hijo universitario —como quien se propone cuidar un bonsái japonés—, me hice periodista.

Pasé por la universidad como por una sala de espera sin ventanas. Al licenciarme hubo fiesta con tarta de nata y brindis con gaseosa: pistoletazo de salida a mi prometedora carrera.

El debut fue deprimente. Una revista económica con portadas tan grises que servían de calmante ocular. Ejecutivos con el alma hipotecada y titulares de bonos e inversiones como si todos guardáramos millones en el zapatero. Aun así, mi familia se suscribió en masa para ver, en la contraportada, mi nombre minúsculo tras la palabra «colaborador». Ni redactor ni pasante: colaborador, como si hubiera ayudado a barrer.

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